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Vol. 23. Núm. 3.Mayo 2012Páginas 89-130
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Vol. 23. Núm. 3.Mayo 2012Páginas 89-130
DOI: 10.1016/j.neucir.2012.04.007
La burbuja formativa
The training bubble
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Javier Ibáñeza
a Servicio de Neurocirugía, Hospital Universitario Son Espases, Palma de Mallorca
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Esta mañana de sábado he desayunado leyendo el periódico como acostumbro los pocos días en los que el tiempo no apremia. No es esta una actividad que últimamente levante mucho el ánimo, y va uno adquiriendo cierta tolerancia a las malas noticias. Por eso y porque no tengo acciones, los titulares de las páginas sepia los suelo pasar de corrido mientras doy sorbitos al café con leche. Sin embargo, hoy mis ojos se han quedado clavados sobre el informe de la Fundación de las Cajas de Ahorros (FUNCAS), que anuncia para el próximo año 2013 una previsión de la tasa de paro en nuestro país del 26,3%.

No sé casi nada de economía pero, en el ecuador de mi vida, no recuerdo haber oído antes un dato de paro tan demoledor. En mi infancia sufrí en mi propia familia la profunda desazón del desempleo de mi padre, que gracias a Dios, y al empresario que le ayudó dándole trabajo, duró poco tiempo. Luego, mi padre decidió dejar de ser un asalariado, quiso ser su propio jefe, fundar su pequeña empresa y dio trabajo a otros. Esto sucedió hace ya mucho. Mi padre, que disfruta hoy de su merecida jubilación, pudo criar a su hijos, darles una educación y, fruto de ello, hoy soy neurocirujano en un gran hospital público español. Nada muy original, pero sí muy decente y seguro, con lo que debería sentirme satisfecho y estar bien tranquilo.

Seguramente debería… pero no lo estoy. Desde hace semanas sufro un desasosiego insoportable. Una avalancha de correos electrónicos inundan mi carpeta de entrada. Son currículos de residentes de Neurocirugía de distintas partes de España que terminan su formación y buscan desesperadamente un puesto de trabajo, una oportunidad que no encuentran.

Hace unos años, cuando mi mujer y yo iniciamos nuestra aventura profesional en esta plácida, maravillosa pero periférica isla del Mediterráneo, no era fácil atraer al mejor capital humano a nuestro hospital. Con empeño y algo de suerte las cosas fueron cambiando, y nuestro Servicio es ahora un lugar mucho más atractivo que entonces. Sin embargo, siendo honesto, no parece esta una razón suficiente para justificar el súbito cambio en el interés por nosotros y el incremento de la oferta de mano de obra que recibo. Sospecho que otros han sentido lo mismo.

En el año 2005 la oferta de plazas para iniciar la formación especializada en Neurocirugía superó por primera vez la cifra de 40. La tónica ha seguido al mismo ritmo, sin atender al inicio de la crisis económica en 2008, de forma que se ha mantenido incluso en esta última convocatoria de 2012. No es difícil calcular que el número de nuevos especialistas formados y en formación en estos últimos 8 años supera los 340, lo que teniendo en cuenta que en nuestro país ejercemos de forma activa la especialidad alrededor de 500 neurocirujanos, constituye, si queremos decirlo suavemente, un claro caso de burbuja formativa, o si queremos usar términos más francos y honestos, un buen ejemplo de una gestión económica y una planificación de recursos humanos espantosa con rasgos manifiestos de grave irresponsabilidad colectiva. En suma, de un auténtico despropósito.

Aunque era muy evidente desde varios años antes de esta crisis que el incremento paulatino pero continuado del número de plazas MIR para nuestra especialidad era excesivo, ninguna de las voces que se levantaron advirtiéndolo fueron escuchadas. Nunca comprendí bien la causa de fondo de esta sordera. Administraciones de uno y otro signo político, centrales o autonómicas, direcciones de servicios de salud, hospitales, grupos de profesionales (incluida nuestra propia sociedad científica), asociaciones de pacientes, etc., pedían más y más médicos para cubrir unas supuestas necesidades que no quedaban suficientemente argumentadas por razones técnicas.

Quizás fue porque había que dar salida a los nuevos licenciados; el efecto de selección de la prueba MIR se desvirtuó absolutamente y nuestra especialidad lo sufrió de pleno. Pudo también influir el que las Comunidades recibieran las transferencias sanitarias de forma general y tras ello comenzaron a solicitar especialistas sin coordinación alguna, ante la inoperancia e impotencia del Ministerio. Es también cierto que nuestra Sociedad calló, o por lo menos no levantó mucho la voz, y podía tener a su vez sus propias razones: algún estudio de alguna auditoria alertaba sobre la necesidad de protegernos de un tsunami de jubilaciones inminentes, plazas que ahora se amortizan en muchos sitios; existían también voces que mostraban un belicoso interés en combatir mediante políticas expansionistas a especialidades vecinas que habían invadido territorios de la nuestra, y a los que los nuevos neurocirujanos se verían abocados como soldados a la trinchera…, al final estrategias obsoletas para este momento de contracción económica en un sector sanitario mayoritariamente público y escasamente productivo en nuestro país. Por último, debemos reconocer que también somos culpables todos nosotros, desde muchos de los innumerables servicios y unidades del país, desplegados a lo largo del territorio nacional como una tupida e ineficiente red, y que con nuestro odioso egoísmo deseábamos estos hijos, no para darles el mejor futuro que pudiéramos ofrecerles, sino para que trabajaran nuestras tierras por un bajo salario. La hipótesis cierta más probable es que no fuera una sola la causa individual responsable de este embrollo, sino una triste conjunción de ellas, que a modo de «tormenta perfecta» nos ha conducido hasta hasta aquí. Sumidos ahora en la crisis económica más profunda que recordamos varias generaciones, el país que tanto ha invertido en la formación de estas personas llamadas a integrar una parte de la cúspide de la pirámide del conocimiento en una sociedad normal y avanzada, es incapaz de ofrecerles la más mínima oportunidad de futuro.

Qué hemos hecho para evitarlo. Escarbo en mi memoria y miro atrás buscando una respuesta. Recuerdo la ponencia de Ramiro Díez Lobato en el Congreso de Zaragoza de 2007. Brillante y profética, un compendio de todos los problemas formativos que padecíamos y lo que se avecinaba. Al terminar, en la sala no se produjo ni el más mínimo comentario u opinión, ni una sola pregunta. Absoluta pasividad e indiferencia. Sentí vergüenza. No me cuesta acordarme después de la Asamblea de la Sociedad Española de Neurocirugía (SENEC) en Madrid el pasado año: el debate que unos pocos pretendimos abrir fue cortado de raíz por la mesa. Entonces sentí indignación. Ciertamente en ambos casos callé como los demás. Me refugié en mi frustración y durante las semanas siguientes tuve serias dudas de si era coherente y razonable seguir formando parte de un grupo humano que rehúye el tema más importante para el futuro de sus miembros, y por ende, de sí mismo.

Pero hoy, queridos compañeros, tengo que deciros que creo que nos hemos equivocado gravemente. Que estamos ciegos y somos unos completos necios camino de un patíbulo bien merecido. Somos corresponsables del futuro incierto de varios centenares de jóvenes que aspiran legítimamente a ser buenos profesionales y seres humanos con derecho a la felicidad, integrados en la estructura social de su país y que no quieren repetir la experiencia migratoria forzosa de sus abuelos. Y es necesario que tomemos medidas de forma urgente para reconducir esta situación. No podemos resignarnos y quedarnos absortos en el puente de mando con la mirada perdida ante el inevitable naufragio.

Así que, a modo de improvisada turafalla, os lanzo mi primera propuesta. Con la mayor premura debemos solicitar una reunión de los representantes de nuestra Sociedad con el Ministerio de Sanidad y pedir, si no exigir, una drástica reducción en el número de plazas MIR de Neurocirugía para los próximos años. La corrección de la burbuja creada pasaría por reducir la oferta anual al nivel de supervivencia de las estructuras formativas de los servicios, y llevaría seguramente por no permitir más de 10 plazas en todo el territorio nacional en las convocatorias de los próximos 5 a 10 años. Esta medida no debería causar ninguna inquietud en los distintos servicios, ni ser percibida como una amenaza a su capacidad de respuesta asistencial. Desgraciadamente el subempleo será la norma durante este tiempo y habrá muchos candidatos dispuestos a realizar guardias.

En segundo lugar, debemos trasladar al Ministerio la necesidad imperiosa de que retome de forma efectiva, y no meramente formal, la coordinación para establecer la oferta de formación especializada, sin que ello impida el grado de asesoramiento regional y profesional que se juzgue necesario. La delegación de estas funciones a las Comunidades, o la expectativa de que los propios servicios clínicos se autorregularan, ha resultado un estrepitoso fracaso ante la falta de sintonía con las necesidades globales del país y la ausencia de responsabilidad sobre el futuro de los residentes una vez terminan su formación.

Aprovechando esta situación, tenemos la oportunidad de reformar el sistema de distribución de los residentes a lo largo de las distintas unidades docentes, de forma que se base en criterios estrictamente formativos y de calidad, y no políticos, personalistas ni burocráticos. Este modelo debe garantizar una distribución más homogénea de los médicos en formación, de forma que no se produzcan otra vez los desequilibrios del pasado, con acumulación de ellos en determinados centros y ciudades. Existen distintos parámetros que pueden discutirse desde el punto de vista técnico para alcanzar una propuesta razonable y un acuerdo.

La SENEC debería poner toda la carne en el asador en este tema para transmitir y luchar por estos objetivos, llegando incluso a dirigirse directamente a la población, si en el plano administrativo y político no pudiera avanzarse. Y como último recurso, la propia SENEC debería tener la capacidad y el impulso de coordinar a los distintos servicios para que cancelaran su actividad docente temporalmente, en tanto se consiga un reequilibrio en la oferta de especialistas. Esta hasta ahora utópica medida, puede ser viable si se visualiza que de forma secundaria contribuirá a paliar el agujero existente en el capítulo presupuestario y dar algo de oxígeno para absorber la oferta actual existente.

Hace poco tiempo conmemoramos el centenario del hundimiento del Titanic. Siempre he pensado que lo más absurdo y horrible de este hecho no fue el incomprensible impacto con el iceberg, ni las aparentes casualidades que impidieron la comunicación con el SS Californian, que navegaba a escasas 10 millas de distancia. Tampoco la negligente soberbia de la compañía White Star Line, que solamente equipó la nave con 20 botes salvavidas, insuficientes para el pasaje y la tripulación. Lo peor que sucedió aquella fría noche de abril en el Atlántico Norte fue que esos 20 botes podrían haber salvado la vida de 1.178 personas y solamente embarcaron en ellos 711, seleccionados por su categoría social, llevando a perecer en el océano al 75% de los pasajeros de tercera clase.

No tengo una gran confianza en la virtud como motor de cambio en los grupos humanos. Suele ser casi siempre la necesidad, como contrapeso inevitable de la avaricia, la que nos conduce obligadamente a ello. Estos dos simples vectores explican casi todo tipo de burbuja que encontremos en la historia y su posterior estallido en forma de los distintos tipos de crisis. Es lamentable observar cómo nuestra civilización reitera este comportamiento a lo largo del tiempo, pero aún en estas situaciones tan extremas y duras, queda un resquicio para la esperanza al ver aflorar también los gestos más bellos de solidaridad entre las personas. Es por eso que aunque fracasemos como grupo y no seamos capaces de remontar esta situación juntos, a cada uno de nosotros nos queda aún nuestra responsabilidad individual, que pasa por el deber ineludible de ayudar a nuestros compañeros dentro de nuestras posibilidades.

Neurocirugía

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