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Vol. 24. Núm. 4.Julio - Agosto 2013Páginas 141-190
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Obituario
DOI: 10.1016/j.neucir.2013.06.002
Emilio Ley Palomeque (1924-2013)
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Luis Ley
Servicio de Neurocirugía, Hospital Ramón y Cajal, Madrid, España
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Recientemente ha fallecido Emilio Ley Palomeque. No es fácil hacer su obituario, porque no era persona común, como bien pueden dar fe los que le conocieron.

Emilio Ley nació en Las Palmas de Gran Canaria el 4 de enero de 1924. Hijo de Emilio Ley Gracia, pionero de la neurocirugía moderna española, y además hermano, sobrino, primo y tío de neurocirujanos.

Comenzó su trayectoria profesional como residente en el Instituto de Neurología de Madrid durante los años 1949 al 1952. Al finalizar su residencia se mudó a la Lahey Clinic, en Boston, EE. UU., donde trabajó junto a los profesores Horrax y Poppen, referentes mundiales en esa época.

Posteriormente realizó una estancia en el Departamento de Neurocirugía del Neuropsychiatric Institute de Chicago, en el grupo del Dr. Bailey.

A su vuelta a España, trabajó en el hospital Central de la Cruz Roja, donde estuvo desde 1955 hasta que se trasladó al hospital de Getafe en 1991, donde continuó hasta 1994 como jefe de Servicio de Neurología y Neurocirugía. Durante este periodo también trabajó en el Hospital del Niño Jesús, donde fue jefe del Servicio de Neurología y Neurocirugía desde 1963 hasta 1971 y como colaborador a partir de 1972, constituyéndose como un referente en la neurocirugía pediátrica en España.

Durante toda su vida profesional compaginó su trabajo hospitalario con la universidad. Fue profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. De 1954 a 1959 trabajó en la Policlínica de Neurología de la Cátedra de Psiquiatría y posteriormente como profesor asociado en el Departamento de Cirugía en la Universidad Complutense de Madrid.

Miembro fundador de la Sociedad Luso Española de Neurocirugía, de la que fue presidente de 1984 a 1985, recibió la medalla de oro de la SENEC unos años más tarde. Además recibió la medalla de oro de la SONCAM y era miembro honorario de la Society of British Neurological Surgeons. También recibió la medalla de la Orden Civil de Sanidad, otorgada por el Ministerio de Sanidad y Consumo en 1994 y fue autor de numerosas publicaciones científicas en revistas nacionales e internacionales, así como ponente invitado de congresos médicos y científicos.

Pero la fría exposición de su currículo no explica la personalidad ni la dedicación profesional de Emilio Ley. Cuesta en el siglo xxi imaginar la neurocirugía de los años 50 del siglo xx; no es posible imaginar la aventura de instalarse en EE. UU. en 1950, cuya distancia cultural con España en ese momento era un abismo mucho más grande que la anchura del océano que hay que atravesar, y más aun desde la perspectiva actual de la inmediatez de la información.

Su sólida formación técnica y científica, extraordinaria en esa época de pioneros e impulsada por su familia, le permitió desarrollar una neurocirugía de primer nivel mundial y adaptarse fácilmente al desarrollo tecnológico de la especialidad.

Pero era mucho más que eso. Era un humanista, un médico conocedor de que el foco del trabajo de un médico es el paciente, y así siempre fue para él. Lo más importante siempre era el paciente y todo lo demás quedaba relegado a un segundo plano. Hombre serio, era tremendamente querido por los pacientes porque sabían y aun saben que podían confiar en su profesionalidad, porque era capaz de transmitir algo que no es posible aprender: confianza; sus pacientes sabían que se iba a hacer todo lo posible por ellos y que nada ni nadie podría impedir al Dr. Ley hacer lo que tenía que hacer.

Y no solo era querido por sus pacientes: es difícil de imaginar el cariño y respeto que el resto de sus compañeros y el personal auxiliar le profesaban. En un mundo como el actual en el que eres borrado de la memoria de tus compañeros de hospital tan pronto como te jubilas son extraordinarios actos como el homenaje que todos los trabajadores del Hospital de Getafe le hicieron con motivo de su jubilación, acto al que asistieron miembros de todos los estamentos del hospital. Y no menos extraordinario es el cariño con el que le recuerdan todos los que fueron sus estudiantes, de medicina o de enfermería.

Emilio Ley es el claro exponente de que el trabajo bien hecho, la profesionalidad médica entendida como servicio a los demás, es realmente percibida como una virtud y premiada con algo mucho más valioso que cualquier cosa material: el cariño de los pacientes y el reconocimiento por parte de tus colaboradores.

Descanse en paz.

Neurocirugía

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