RECUERDO DE GUILLERMO DIERSSEN
J.Mª Izquierdo
Santander
Neurocirugía, Vol.10 N.1, pp. 7-9; Febrero, 1999
El día de Reyes de este año de 1999 nuestro compañero Guillermo Dierssen fallecía en Santander, a los setenta y un años de edad, a causa de una grave neumonía.
Para sus amigos y especialmente para los neurocirujanos jóvenes que no tuvieron la oportunidad de conocerlo, desentierro algunos ya lejanos recuerdos que creo pueden contribuir a que se conozca mejor su personalidad, su obra, su estilo y su modo de hacer Neurocirugía.
Conocí a Guillermo Dierssen en Madrid, el 3 de Noviembre de 1966, hace pues 33 años, el mismo día que entré a trabajar en el equipo del Dr. Obrador, en el que Dierssen llevaba varios años, tras su regreso de los Estados Unidos.
Era, sin duda, una de las personalidades más atractivas de la Neurocirugía madrileña y española, y aún de toda la Medicina nacional considerada en su conjunto.
¿Por qué ese magnetismo que ejercía Guillermo sobre los más jóvenes? ; ¿por qué ese "buen cartel" de que disfrutaba entre los residentes? ; ¿por qué es Dierssen un innovador que deja huella en la Neurocirugía española?
Tras el paso inexorable de los años y desde una perspectiva que ya no es corta, dos razones se me ocurren que pueden dar respuesta a las anteriores preguntas.
La primera está en relación con la cualidad que Guillermo poseía de ser un hombre espontáneo, que hablaba sin circunloquios, que decía lo que pensaba, que casi siempre era lo claro y lo obvio, pero que no todos sabíamos verlo, y si lo veíamos, a veces no sabíamos decirlo. Guillermo decía en voz alta lo que los jóvenes de aquella época no nos atrevíamos no ya a decir, sino -en ocasiones- ni a pensar. Educados primero en colegios retrógrados de frailes sectarios, y después en Facultades fosilizadas, con profesores que, en casos, no sabían demasiado, y a los que, por lo poco que sabían había que tributarles un trato reverencial, acostumbrados a eso, digo, ¿cómo no iba a sorprendernos encontrar a un hombre cargado de conocimientos modernos, brillante, respetado en los ambientes neuroquirúrgicos, conocedor de la últimas técnicas de estereotaxia (entonces casi ignoradas en España), un hombre pletórico de saberes neurofisiológicos, dominador de varias lenguas, agilísimo de mente, polemista agudo y cultivado, ¿cómo no iba a sorprendernos, repito, encontrarnos con persona de tal categoría, que al terminar una operación, con toda la campechanía del mundo, nos cogía cariñosamente del brazo y nos decía a los que no éramos mas que ignorantes jovenzuelos aprendices: "Jose, invítame a un café; dime cómo van tus ligues y -por favor- deja de una vez de tratarme de usted"
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Este estilo directo, familiar, alegre, sin ambages ni recelos, no era frecuente en el mas bien frío e inquisitorial ambiente neuroquirúrgico madrileño de los años sesenta, de corte escurialense, que tenía aún reflejos de la soterrada España negra y de la triste España de la posguerra, y que me parecía podría perfectamente encajar en un cuadro de Solana. Nadie puede discutirle a Guillermo Dierssen el extraordinario mérito de haber practicado siempre la enseñanza directa al residente, la transmisión sencilla de conocimientos, la camaradería alegre para con el que empieza. Y todo ello desprovisto de oropel, de bambolla, de arrogancia. |
Algunos que le hayan conocido, probablemente recuerden a Guillermo Dierssen charlando con los residentes en la cafetería del hospital, comentando el último artículo de Neurocirugía aparecido en el Journal o en el Zentalblatt.
La segunda razón es mucho más simple: Dierssen era admirado por su prodigiosa inteligencia y por la amplitud y profundidad de sus conocimientos. Sobre el primer punto no voy a insistir, pues siempre he visto acuerdo general en que Dierssen ha sido una de las mejores cabezas, una de las inteligencias más despiertas, de la Neurocirugía española. Los residentes nos quedábamos deslumbrados, sorprendidos, "épatés" (si se me permite el galicismo) de la agilidad de mente de Guillermo, de la vivacidad de su charla, de la agudeza de su pensamiento. En este sentido, creo que a pocos conocí que captasen con tanta rapidez las ideas o los hechos que la realidad nos va ofreciendo a diario. La conversación, directa, amena, ágil, era reflejo de las características expuestas.
Respecto a sus conocimientos, debo decir que Guillermo sabía mucho y lo sabía aprovechar. Su saber estaba impregnado de un estilo fisiológico, hasta tal punto que creo contribuyó a extender en la Neurocirugía española de la época lo que pudiéramos llamar "espíritu neurofisiológico".
Quiero decir con ello que Guillermo aprovechaba las intervenciones, las visitas, las consultas, para obtener más información científica y relacionarla con la que ya poseía, es decir, para investigar. Antes de llegar Guillermo a Santander, se habían operado algunos tumores cerebrales de forma convencional, pero después, cuando Guillermo operaba, aprovechaba el acto quirúrgico para medir la impedancia del tejido nervioso, la del tumor, la del ventrículo, y trataba de sacar conclusiones. Y esto lo hacía en otras muchas intervenciones y con otras muchas técnicas. Cuando introdujo las de estereotaxia en España, aprovechaba la guía estereotáxica para realizar estimulaciones subcorticales y obtener datos sobre la función de áreas, vías y fascículos.
Todo este espíritu investigador, científico, fisiológico, le condujo, por una parte, a realizar trabajos e investigaciones que le dieron prestigio internacional, y por otra, a renovar la Neurocirugía de la época. Con ello se acredita además Guillermo como cirujano fisiológico, que sabe el porqué de su quehacer, que no se limita a la Cirugía práctica, ablativa, exerética, sino que entra en la Cirugía científica, razonada, fisiológica. Guillermo cumplió siempre con la obligación que el cirujano tiene de aprovechar la intervención quirúrgica para relacionar los síntomas que el enfermo presentaba con los hallazgos que el quirófano nos ofrece, y realizar así, en cada operación, una auténtica investigación anatomoclínica.
Todas estas características, que Dierssen ya venía manifestando en sus años madrileños, se expresaron después aún con más fuerza en la Neurocirugía cántabra.
En Junio de 1970, Guillermo Dierssen obtiene el número uno en las oposiciones a Jefes de Servicio regionales de Neurocirugía, y comienza a preparar su traslado a Santander.
Aunque quizá sea mi deber de hoy ceñirme a los aspectos neuroquirúrgicos, no puedo silenciar la maravillosa cena, modelo de gastronomía y de buen hacer, que Trini y Guillermo nos ofrecieron a algunos residentes con ese motivo. En ella me dijo Dierssen que de no haber obtenido la plaza de Santander probablemente hubiera permanecido en Madrid, pues ninguna otra ciudad le atraía para vivir.
En el verano y el otoño del 70 comienza a organizar su Servicio en la entonces "Residencia Cantabria", Servicio que empieza a funcionar regularmente en 1971. En él se realizan por primera vez en Cantabria infinidad de técnicas neuroquirúrgicas y neurorradiológicas modernas y se echan los cimientos de la Neurocirugía cántabra ya como especialidad autónoma. Guillermo Dierssen es pues el creador y fundador de la especialidad neuroquirúrgica en esta región.
Como puede suponerse, si muchos jóvenes le habíamos seguido en Madrid y desde Madrid, también otros le seguirían en su trayectoria montañesa, y así, al primitivo equipo formado por Guillermo Dierssen, Francisco Vila, Javier Esparza y yo mismo, pronto se sumaron nuevos internos y residentes.
José Mª Coca y Felipe Sanz en la Residencia Cantabria y Felipe Trigueros y Fernando Quintana en el viejo Valdecilla fueron los primeros. Más tarde llegaron Pérez Perelló, Orozco Fuentes, Carda Llop, Álvarez Sastre, Díaz de Tuesta, San Emeterio, Montiaga, Paternina, Vázquez, y otros más recientes. De la calidad de este grupo habla el hecho de que de él salieron varios Jefes de Servicio y de sección de Neurocirugía, y también varios profesores universitarios de la especialidad. En él se realizó por primera vez en España el registro continuo de la presión intracraneal, y se publicaron los primeros casos nacionales de tumores germinales o de enfermedad de Moya-Moya, por ejemplo.
Aún a sabiendas de que las comparaciones son odiosas y de que todo triunfalismo es malo, creo poder afirmar, sin faltar un ápice a la verdad, aunque tal vez un punto a la modestia, que el grupo de Neurocirugía que Dierssen dirigía en Santander era probablemente uno de los mejores de la Neurocirugía española de la época.
Con mezcla de nostalgia y admiración recuerdo la mente clara, el diagnóstico preciso y la mano hábil de Francisco Vila; la inteligencia y el espíritu de superación de Javier Esparza, el trabajo callado y eficaz de Trigueros y de Quintana, el entusiasmo y la calidad humana de Coca y de Sanz. De eso pronto hará treinta años... tempus fugit...
¿Cuáles fueron las características fundamentales de este grupo? ¿Cómo se proyectó la formación y la inteligencia de Dierssen en sus colaboradores? ¿En qué se diferenciaba la Neurocirugía del grupo que dirigía Guillermo de la convencional del momento?
Tres son, a mi juicio, las características fundamentales del equipo del que Dierssen era jefe: el profundo interés y dedicación hacia el paciente; el cosmopolitismo y la abnegación. Veamos someramente estos aspectos.
En su lucha por la salud y la supervivencia de los pacientes, incluso de los que parecían insalvables, llegó a límites que a mí, lo confieso, me llegaron a parecer exagerados. Jamás le vi dar un enfermo por perdido, jamás le vi tirar la toalla en patología alguna, y nunca le oí decir que ya no había nada que hacer.
En cambio, le vi cientos de veces arañar mínimas parcelas de salud, recoger migajas de bienestar, arrancar granos de arena de mejoría para sus pacientes.
A lo largo de muchos años de convivencia hospitalaria pude comprobar lo que acabo de expresar. En mi época de residente, en el servicio del Dr. Obrador del Hospital "La Paz" , hube de llamarle a su casa y despertarle por la noche en no pocas ocasiones, para ver enfermos u operar urgencias. Guillermo venía siempre y deprisa, y a los pocos minutos de terminar la operación ya estaba de nuevo junto al enfermo para ver su despertar y valorar su evolución.
Como es natural, en los muchos cientos o miles de operaciones que le ayudé -no pocas de gran envergadura- hubo algunas que, por diversos motivos, no iban todo lo bien que hubiéramos deseado. Era en esos momentos cuando desplegaba su tesón germánico. Sin darse nunca por vencido, con tenacidad teutónica, miraba y remiraba, volvía y revolvía en el campo quirúrgico tratando de atisbar la mejor solución para el paciente.
Sin duda su familia más próxima, especialmente Trini, sabe hasta qué punto es cierta la afirmación que aquí hago de que la salud y el cuidado de sus enfermos fue casi una obsesión para Guillermo.
Por otra parte, casi todos los componentes de ese Servicio salimos con frecuencia al extranjero para aprender e intercambiar conocimientos. Vila estuvo en Londres y en París, Esparza y Trigueros en Zurich, Quintana en Estrasburgo, etc. También participaba el Servicio en Congresos internacionales y publicaba en revistas nacionales y extranjeras. Era pues un grupo y una Neurocirugía cosmopolitas e internacionales.
En este espíritu de trabajo y abnegación incluyo a enfermeras y personal auxiliar, y también a las secretarias, especialmente a Gema, que atendía a siete médicos, a setenta enfermos y a setecientas llamadas telefónicas, y aún encontraba tiempo para hacer informes, mecanografiar trabajos (algunos en francés o inglés) y ayudar a organizar congresos y cursos.
La febril actividad de Guillermo era la que nos estimulaba a todos para trabajar sin horario y a veces sin descanso, para hacer cientos de costosas guardias sin cobrarlas y además para preparar sesiones y publicar artículos. Ese era el ritmo que Dierssen imponía, con su ejemplo, en el servicio.
La muerte de Guillermo nos apena y hasta nos atenaza. Es algo que se va, que a todos se nos marcha, pero al tiempo, es también, debe ser, una puerta que se abra a la esperanza; a la esperanza de que su obra continúe floreciendo, como ya lo ha hecho, y después fructifique, en sus hijos, en sus discípulos, en su servicio, en su hospital. Pues la esperanza ha de estar por encima del dolor, y por ello, gracias a Dios la vida sigue, y la primavera vuelve, y , con el permiso de Machado:
Habrá trigales verdes
y mulas pardas en las sementeras
y labriegos que siembran los tardíos
con las lluvias de Abril. Y las abejas
libarán del tomillo y del romero.
Habrá ciruelos en flor, habrá violetas,
tornará una vez más la golondrina
y vendrá el ruiseñor a la ribera.
Enero 1999