DEL COMA A LA CONSCIENCIA
G. Dierssen
Santander
Neurocirugía, Vol.7 N.1, p.3; Marzo, 1996
Trataré de exponer aquí mis experiencias respecto a un problema que siempre nos ha preocupado a los neurocirujanos. Es el problema de hasta qué punto vale la pena conservar la vida de un hombre que va a quedar con un déficit importante.
Las circunstancias me han permitido recoger a este respecto una cierta experiencia personal.
Como Vds. saben yo tuve una parada cardio-respiratoria de algún tiempo de duración.
Siento muchísimo no haber vivido las experiencias contadas por otros que pasaron por ese trance, pero la verdad es que yo ni me vi en un túnel luminoso ni floté por el espacio.
En realidad no recuerdo nada más que en un momento dado y de un modo brusco sentí que estaba aquí, aunque probablemente estaría inconsciente.
Entre los largos ensueños que ocuparon la mayor parte de mi tiempo, había periodos cada vez más largos en los cuales tenía un cierto grado de consciencia de mí mismo y hasta cierto punto de lo que me rodeaba.
La sensación era desoladora y quizás por eso me apresuraba a hundirme en un nuevo ensueño.
Yo no podía realizar ningún movimiento voluntario, aunque mucho más tarde descubrí que podía guiñar el ojo izquierdo.
Cuando me di cuenta de esta habilidad me sentí contentísimo porque esperaba que ahora pudiera romper la incomunicación (que es uno de los mayores suplicios de una persona en mi situación en aquel momento).
Por eso pillé un regular cabreo cuando quienes me rodeaban se limitaban a celebrar mi gracia en lugar de elaborar un código para comunicarnos.
Por supuesto que no podía hablar, aunque no sabía si era por el tubo traqueal y además no veía más que figuras geométricas coloreadas y constantemente móviles.
Era por tanto un candidato ideal para la eutanasia, aunque todavía no tenía conciencia de ello, pero en algún momento de lucidez oí a algunas personas comentar mi caso y alguien dijo que mi porvenir era quedarme como un vegetal.
Yo pensé que esa persona tenía razón y por primera vez me sentí desesperado.
Entonces decidí acabar con mi vida y paradójicamente me sentí de repente ligero y alegre hasta que me di cuenta que no tenía ninguna posibilidad de realizar mi propósito.
Pasó algún tiempo y empezó la gradual recuperación de mis funciones que ha seguido hasta ahora, aunque quizás más que de recuperación debo hablar de aprendizaje por parte de mi cerebro de funciones que sustituyen a las funciones perdidas. (Respecto a este problema he hecho algunas observaciones que quizás algún día publique)
En cualquier caso mi situación funcional supone que todo lo que hago me cuesta un enorme esfuerzo y que prácticamente todo me duele.
Sin embargo frente a este desagradable hecho está la emoción de recuperar funciones.
Así, no hace más de tres meses que recuperé la capacidad de ver las caras, lo que supuso que por primera vez pudiera ver la cara de mi nieto.
Por supuesto que puedo seguir lo que ocurre en el mundo y alegrarme o bien cabrearme con ello, y también gozo de la compañía de mis amigos y de los numerosos viajes que hago.
En conjunto mi vida ahora es esfuerzo y dolor, pero éste se ve compensado por la dulzura de percibir conscientemente la realidad.
En conclusión, en mi caso la muerte para mí hubiera sido una pérdida grande.
Por eso quiero dar gracias de todo corazón a aquellos cuyo esfuerzo y trabajo hicieron posible mi supervivencia.
Sólo me queda agradecerles a todos ustedes este homenaje que me ha emocionado profundamente y que para mí constituye la prueba de que en alguna ocasión me ha sido dado el ayudar a mi prójimo, y esto es el mayor afán de un médico y la única justificación de su existencia.
Enero 1996