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Vol. 27. Núm. 4.Julio - Agosto 2016Páginas 155-206
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Carta al Editor
DOI: 10.1016/j.neucir.2016.02.008
Neuromonitorización en el traumatismo craneoencefálico grave pediátrico
Neuromonitoring in severe paediatric head injury
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Miguel Gelabert-González
Autor para correspondencia
miguel.gelabert@usc.es

Autor para correspondencia.
, Eduardo Arán-Echabe
Departamento de Cirugía, Universidad de Santiago de Compostela, Santiago de Compostela, La Coruña, España
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Hemos leído el manuscrito titulado: «Neuromonitorización en el trauma craneoencefálico grave en pediatría» de Abreu Pérez et al.1 y nos gustaría hacer algún comentario, al mismo, en función de nuestra experiencia en el tema. En primer lugar, consideramos que el título del trabajo no especifica claramente el contenido del estudio. Los autores hablan de neuromonitorización, y únicamente emplean la monitorización de la presión intracraneal (PIC), no haciendo alusión a todo un conjunto de parámetros fisiológicos que pueden monitorizarse en el paciente neurocrítico y, específicamente, en el traumatismo craneoencefálico (TCE) grave2. El objetivo fundamental de la neuromonitorización en el paciente con traumatismo grave es prevenir, dentro de lo posible, toda una serie de complicaciones derivadas del incremento de la PIC3. Estamos de acuerdo con que la determinación de la PIC es fundamental en este tipo de pacientes, pero existen otras técnicas que permiten monitorizar otros parámetros neurofisiológicos. La oximetría a nivel del bulbo de la yugular, la presión tisular cerebral de oxígeno (PtiO2), la espectroscopía por infrarrojos, el Doppler transcraneal o la microdiálisis, con sus ventajas e inconvenientes, consideramos que son fundamentales para estimar la hemodinámica cerebral y, por lo tanto, deben considerarse ante pacientes con traumatismo craneoencefálico grave4–7.

En segundo lugar, los autores emplean la clasificación de Marshall para los TCE, nada que objetar a la misma, sin embargo, en esta clasificación, las lesiones difusas se denominan así, como lesiones difusas (tipo I-IV), y no como lesiones axonales difusas8. Estas últimas son lesiones difusas graves del encéfalo, caracterizadas por un sustrato clínico, definido por la pérdida de consciencia, un sustrato radiológico caracterizado por pequeñas lesiones hemorrágicas de localización característica en centros semiovales de la sustancia blanca subcortical de ambos hemisferios cerebrales, en el cuerpo calloso, en los cuadrantes dorsolaterales del mesencéfalo, pedúnculos cerebelosos, etc., e histopatológicamente se definen por la existencia de lesiones en los axones (axotomía) que muestran formación de bulbos de retracción axonal, acúmulo de células microgliales y presencia de tractos con fenómenos de degeneración walleriana3.

En tercer lugar, los autores no hacen mención a las posibles lesiones extracraneales que presentan, habitualmente, los politraumatizados graves, y que pueden condicionar el pronóstico del traumatismo craneal al favorecer el daño cerebral secundario, como pueden ser, entre otros, la hipotensión arterial (shock hipovolémico), hipoxia (lesiones torácicas), alteraciones hidroelectrolíticas, etc.3.

Finalmente, también sería importante conocer si la monitorización de la PIC produjo algún tipo de complicación que agravase la situación clínica y el pronóstico de los pacientes. La ventriculostomía se acompaña en un alto porcentaje de complicaciones relacionadas tanto con el implante del catéter (hemorragias en trayecto o intraventriculares) hasta en un 15% de los casos, o las más frecuentes de tipo infeccioso como ventriculitis o meningitis, cuando el catéter se mantiene más allá de 7 días9.

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Neurocirugía

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